Hay que defenderse del Poder del Estado, pero también de la chusma.

Cuando el presidente Roosevelt de los Estados Unidos proclamó su doctrina de protección de las cuatro libertades en 1941,  dio lugar a una nueva concepción de los derechos humanos, muy alejada de los derechos naturales de los siglos XVII  y  XVIII. El concepto de derechos que inspiraba la Ley Británica de Derechos de 1689, la Declaración de Independencia en 1776 y la declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, estaba indudablemente fundada en los principios y valores de derecho natural. Estos derechos fueron reformulados por John Locke en lo que más tarde pasaría a ser la trilogía filosófica más importante de la época moderna: la vida, la libertad y la propiedad. En la adecuada protección  de esta filosofía se encuentra cimentado el derecho de los ciudadanos a protegerse contra el poder del Estado. Estos derechos naturales fueron gradualmente transformados en libertades civiles, extensión de las actividades de ciudadano. Naturalmente esta transformación venía estrechamente vinculada al avance de la  democratización iniciada con la libertad de religión, el derecho al voto secreto e igualitario, el derecho a la propiedad privada, a la autonomía universitaria, la libertad de enseñar y aprender, pero especialmente a la libertad de prensa, de reunión y de asociación resumida en la libre expresión. Estas libertades, vigorosamente defendidas por las fuerzas “progresistas”, fueron incorporadas, desde los inicios del siglo XX, al discurso izquierdista y convertidas en baluarte permanente de su lucha en el supuesto de que, alcanzado el poder violenta o pacíficamente, se convertirían en realidades. Este era o al menos parecía serlo, la consigna del movimiento izquierdista (pcs) fundado por Farabundo Martí hace ochenta años.

Desde que Mauricio Funes fue electo primer presidente de la izquierda en El Salvador, sectores importantes de la ciudadanía se han dado a la tarea de ofrecer una lectura de su ideario afirmando que el Estado dejará de ser impune frente a los abusos de quienes ejercen el poder, que se harán efectivos los mecanismos nacionales e internacionales para que el ciudadano no sea victima de los mismos abusos que llevaron al pais a un enfrentamiento político militar que nadie desea recordar. Otros sectores no comparten esa opinión. Frustrados por no haber podido desfilar, fusil en mano, con un ejercito revolucionario, siguen pensando que no había otra forma de imponer sus ideas y no  pierden oportunidad para demostrarlo. El Desfile del 1 de Mayo fue una muestra de ello; si no hubiese coincidido con la fecha conmemorativa del trabajo, igual hubiese sido una de las marchas con que por años mantuvieron sumido en el miedo al pueblo salvadoreño. Lo bueno del caso es que ahora no habían cuerpos de seguridad que provocar y no pudieron causar victimas como lo hicieron por tantos años; por eso desviaron su ira y de su odio hacia otros objetivos.

Los insultos y los improperios, la consigna anti norteamericana y anti capitalista, las banderas desafiantes de Venezuela y Cuba, mezcladas con otras banderas colorinas de las que pululan en la Calle Castro en San Francisco California, con supuestos ambientalistas de agenda política, con símbolos desfasados del comunismo extinto y la retoma de la lucha de clases, llevada al paroxismo mientras bailaban hombres con hombres y mujeres con mujeres, caracterizaron este desfile del 1 de Mayo. Nada de la demanda social de los trabajadores. Solo reclamos , insultos e improperios, nada de propuestas.

Fuimos testigos y victimass a la vez , de la violencia irracional que no reconoce el discurso de un Mauricio Funes conciliador. Como periodistas fuimos asaltados por la chusma que se esconde en algunos medios que se dicen informativos y que pertenecen a la red colorada e intransigente del FMLN. Nos resistimos igual que lo hicimos hace veinte, cuarenta y cincuenta años. Fuimos golpeados por personas que pretendían interrumpir nuestro trabajo periodístico pero, igual, se encontraron con gente que no le teme a los terroristas aunque se disfracen de comunicadores. Aprendimos a defendernos de los abusos del poder del Estado y también aprendimos a defendernos de la chusma y asi lo seguiremos haciendo. Que quede muy claro.

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